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Arq. Manuel Morales Alpizar, Dr.
06/07/15

Pedagogías aplicadas, motivaciones y ‘arquitectura social’

“Salid y desafiad la opinión, id contra este cautiverio vegetal de la sangre. id contra todas las clases de manos muertas” (R. Ezra Pound)

Activación del Colectivo desde las Experiencias de Aprendizaje

Vivir es conocer y aprender. Y en esta conceptualización, los procesos vitales y los de autoaprendizaje son uno mismo. Esta concepción supone que uno de los principios de la educación es que el aprendizaje se da en la medida en que somos interlocutores con la realidad a través de todos nuestros sentidos y potencialidades.

Dice Hugo Assmann que “una sociedad donde todos tengan sitio sólo será posible en un mundo donde quepan muchos mundos. La educación se enfrenta a la apasionante tarea de formar seres humanos para quienes la creatividad y la ternura sean necesidades vitales y elementos definitorios de los sueños de felicidad individual y social” (1). Y continúa:

“Educar es hacer surgir vivencias del proceso de conocimiento. El producto de la educación debe llevar el nombre de ‘experiencias de aprendizaje’… Es preciso, entonces, sustituir la pedagogía de las certezas y de los saberes prefijados por una ‘pedagogía de la pregunta’, de la complejidad, que trabaje con conceptos transversales, abiertos a la sorpresa y a lo imprevisto”(2).

De esta forma, hemos tratado, en una serie experiencias académicas en la Universidad (3), de fomentar una concepción del conocimiento en que la teoría no está divorciada de la práctica, los afectos de los pensamientos, ni el sujeto del ecosistema.

Se trata de experiencias que tienen que ver con procesos de creación colectiva de conocimientos y estrategias de intervención participativa para ayudar a mejorar la calidad de vida en asentamientos urbanos marginalizados. Esto, a través de la cohesión de diversos actores en comunidades de práctica, con propuestas pedagógicas basadas en el pensamiento crítico y en la ternura, convencidos de que la ética del bien común y el deseo de aprender colectivamente pueden generar transformaciones profundas, tanto en los espacios educativos como en nuestros hábitats.

En los últimos años se han venido haciendo esfuerzos importantes desde algunas instituciones, organizaciones y grupos profesionales y académicos sumamente implicados y congruentes, en procura del fomento de un cambio profundo y radical del ejercicio de nuestra profesión. En muchos foros, redes y ámbitos variados se está haciendo consciencia de la importancia y la necesidad de reconocer el alcance de nuestras posibilidades y de asumir un rol más proactivo y responsable como promotores de ciudades y culturas urbanas más equilibradas y solidarias. Es posible ver también una creciente movilización y activismo entre estudiantes de la carrera que aspiran a mucho más que a un empleo y al reconocimiento económico y social; son capaces de verse a sí mismos como co-protagonistas relevantes de procesos urgentes de transformación.

Dentro de estos esfuerzos, hemos venido procurando dar nuestros aportes desde la academia, primero, y fuera de ella, después. No ha sido sencillo, y nos ha tocado aprender que eso una lucha diaria que requiere de enormes convicción, compromiso y voluntad de seguirnos formando en la misma medida en que nos convertimos en co-partícipes de comunidades aprendientes. Dice G. Beluche (4):

“(Es necesario) repensar como colectivos humanos los procesos formativos para comprender los cambios estructurales que deben generarse para lograr más equidad, justicia, compromiso y bienestar social-espiritual-material. Reconocer los cambios sociales y personales que debemos autogenerar para que la vida sea una experiencia asumida de manera relegada, interdependiente y comprometida con el afecto. Cambios que producen la equidad de género, el respeto a todo tipo de diversidad humana, mayor expresividad, más libertad en el ejercicio del placer, más solidarios en las relaciones familiares y comunitarias. Si bien el aprendizaje tiene que ver con el plano cognitivo, el mismo interactúa con las dimensiones sensoriales, emotivas, que dan significado a la vida de las personas. Por eso el ambiente de aprendizaje debe procurar constituirse en “nichos vitales”, en los que la y el estudiante se sienta cómodo/a, donde le guste estar, sentirse seguro/a, confortable, protegido/a, respetado/a, reconocido/a, querido/a, valorado/a. (…) Construir comunidades de aprendientes… propuestas pedagógicas basadas en la ternura y el pensamiento crítico (…) La ética del bien común, manifestaciones de afecto y el deseo de aprender colectivamente pueden generar transformaciones profundas en los espacios educativos formales. La enseñanza dejará de ser exclusivamente fuente de información, dando paso a la educación para la solidaridad… No sólo estimular el pensar, sino el sentir”.

Enfoques y Reflexiones desde la Biopedagogía

En el marco de los antecedentes y contextos descritos, hemos venido tratando de ubicar y redimensionar nuestras experiencias-aprendizajes dentro de conceptos que nos ayudan a entender de qué formas se relacionan y cómo podemos enriquecer la práctica académica (y profesional) desde postulados que afirman que educar en el día de hoy es, ante todo, defender y promover la vida. Vemos en la ecología profunda también un camino para nuestra necesaria re-conceptualización y re-conocimiento como seres humanos y como sociedad. Entendemos que los procesos educativos, como espacios-tiempos creadores de significados, identidades y epistemes, requieren de mayor sensibilidad y ternura en la creación de experiencias de aprendizaje. Dice Maturana que la actividad de la inteligencia está entretejida de emociones, y como mediadores nos corresponde entender que en la vida misma y sus procesos se encuentran las pautas para el aprendizaje significativo.

La teoría de Santiago de la Autopoiésis (Maturana y Varela), explica, tanto con amplio detalle científico como con sensibilidad poética, cómo vivir es conocer y aprender. Y en la conceptualización de la biopedagogía, los procesos vitales y los de autoaprendizaje son uno mismo. Esta concepción del aprendizaje supone que uno de los principios de la educación es que el aprendizaje se da en la medida en que somos interlocutores con la realidad a través de todos nuestros sentidos y potencialidades. Nuestros órganos sensoriales son, ante todo, creadores de conexiones con el medio ambiente y consiguientemente el aprendizaje es la propiedad emergente de la autoorganización de la vida. Un proceso pedagógico es significativo en la medida en que el individuo logra reconfigurar por el conocimiento su complejo sistema cerebral (5).

Beluche se pregunta: “¿por qué si lo único que necesitan los seres vivos para aprender es estar vivos, nuestros co-aprendientes (estudiantes) no están aprendiendo holísticamente?. Y amplía: mientras que los enfoques tradicionales vocalizan la educación en la dimensión cognitiva (adquisición de conocimientos), la pedagogía de la ternura se ocupa del proceso educativo y del cambio social, fomenta el valor de la cooperación frente al de la competencia. Estimula, además de los conocimientos, la autoaceptación, autoconfianza, autorregulación (expectativas y exigencias), capacidad de escucha, habilidades sociales, sensibilidad, compromiso social. La nueva pedagogía contribuye a formar capacidades… inteligencia emocional, capacidad emprendedora, innovación, trabajo en equipo, calidad y productividad”.

En Najmanovich (6) encontramos también múltiples vínculos con el tema. Al hablar de la complejidad, se refiere a ella como:

“Una oportunidad de insuflar sentido en nuestras prácticas sociales, en nuestro modo de conocer, de legitimar y compartir el saber… de enriquecer nuestros territorios existenciales en múltiples dimensiones. Se trata, al fin y al cabo, de gestar una concepción del conocimiento en que la teoría no esté divorciada de la praxis, los afectos de los pensamientos, ni el sujeto del ecosistema”.

En nuestros proyectos, que tienen que ver con procesos de creación colectiva de conocimientos y estrategias de intervención para el mejoramiento de la calidad de vida en asentamientos urbano-marginales (a través de la cohesión de diversos actores en comunidades de práctica), procuramos explorar -mediante reflexión activa- algunos de estos temas, asociándolos a la exploración y construcción de numerosas experiencias que hemos venido acumulando y registrando. La sistematización de varios experimentos en ese tipo de entornos urbanos ha sido un trabajo arduo, en el que identificamos numerosas posibilidades y recursos de gran valor.

Algunos principios compartidos

En el transcurso de nuestros proyectos hemos venido identificando algunos principios a tener en cuenta para promover en la teoría, la práctica y el re-pensar de los procesos co-formativos, lo que nos ha llevado a adoptar el concepto de ARQUITECTURA SOCIAL como un enfoque primordial. Aplicando principios de la ecología a nuestras acciones, desde el pensar-sentir, pasando por la palabra (el lenguaje) y, en general, a nuestros modos de aprender y actuar, consideramos que se hace cada vez más prioritario en la arquitectura y en los ámbitos del habitar humano (7):

Aprender a ver oportunidades en cualquier problema o carencia. No necesitamos seguir elaborando tratados acerca de lo que nos falta o lo que anda mal; necesitamos identificar soluciones, saberlas promover y activarlas. Enriquecer nuestra formación desarrollando una amplia capacidad para hacer que las ideas se conviertan en planes, los planes en proyectos, los proyectos en acciones y las acciones en impactos positivos.

Para ello es fundamental aprender a trabajar en redes, reconociendo el potencial de las comunidades de práctica y del trabajo colaborativo como estrategia para la acción local desde un enfoque global. Debemos romper con los conceptos que nos alejan de otras disciplinas y quehaceres y que suelen crear contornos artificiales de separación, sustituyéndolos por contornos de identidad e intercambio de recursos.

Reconocer que el flujo e intercambio de recursos estriba cada vez más en el conocimiento y la información. Y a diferencia del mensaje que se nos suele transmitir, debemos compartir tanto la información como el conocimiento, de manera que vayamos mejorando colectivamente el ejercicio y el impacto de la arquitectura en nuestro entorno.

Es fundamental entonces aprender a trabajar en redes de cooperación y asociación, en diferentes estratos y escalas. Recordar que la vida no se extendió y evolucionó por el planeta por medio de la lucha, sino de la cooperación, la asociación y el funcionamiento en red; es decir, en intensa simbiosis.

Saber diversificarse. Reconocer que entre más diverso y complejo es un organismo o un sistema, mayor es su estabilidad, su resiliencia, flexibilidad y su capacidad de adaptarse al contexto y/o de generar el cambio. Esto implica evitar la trampa del reduccionismo y la fragmentación; reconocer el mundo es una unidad, y visualizar por ende el conocimiento como un valor que debe ser amplio, diversificado e integrado.

Abrir los círculos de comunicación, contactos e intercambios. Es poco lo que se puede aprender cuando se habla permanentemente de lo mismo, o cuando lo que se anda buscando es el aplauso, el premio y la aprobación entre los pares. Sólo viendo más allá de nuestras propias narices y ombligos podemos desarrollar una sensibilidad hacia nuestro entorno que se refleje en una ética coherente con nuestras acciones y actitudes.

Entender a la naturaleza, y aprender de ella todo lo que podamos. Reconocer que toda nuestra creatividad y nuestras “genialidades” nunca van a superar a millones de años de evolución. Habernos olvidado de ello nos está saliendo demasiado caro y desastroso. En la naturaleza está contenida toda la sabiduría que necesitamos, en sus maneras y equilibrio se encuentran todos los caminos y todas las respuestas. La verdadera creatividad consiste en saber formular las preguntas claves, para poder obtener las respuestas adecuadas.

Sustituir el enfoque expansionista de “desarrollo” por uno basado en la optimización de los recursos. No necesitamos seguir “creciendo”; no necesitamos seguir creando objetos y expandiendo la huella que vamos dejando en el planeta. Lo que necesitamos es desarrollar la capacidad de reducirla, optimizar el uso y re-uso de lo que tenemos, distribuir la riqueza de forma justa y reducir las emisiones de nuestras actividades y productos, entendiendo que en el ecosistema no existen los residuos netos: los residuos de unos organismos son el alimento de otros, y todo se va regenerando en ciclos.

Evitar esa obsesión reinante en nuestro gremio por los títulos y etiquetas. Evitar reducir nuestro presente y nuestras aspiraciones a autodefinirnos y determinarnos (limitarnos) bajo etiquetas que nos encasillan… No partir nuestros pensamientos y emociones en pedazos, ni sacrificar por ello nuestra propia integridad. Ser capaces de reconocernos siempre como seres humanos integrales, con múltiples intereses, vocaciones y talentos. Recordar que la arquitectura es una “carrera-profesión” sumamente indefinida, y ello se debe, justamente, a su naturaleza holística, amplia, diversa, multidimensional y compleja.

Y, finalmente, revisar nuestros conceptos de éxito y felicidad. Recordar que no es lo mismo la felicidad simple y efímera que proviene de las posesiones y del ego, que la plenitud que otorga estar en equilibrio con nosotros mismos, nuestras comunidades y con el medio que nos rodea. En vez de perseguir y promover los sueños tóxicos nos empujan al desastre, podemos promover el desarrollo personal, espiritual y colectivo. Se trata de aprender a cambiar el enfoque y la noción actual del “desarrollo”, y ser cogestores, más bien, de un mundo más feliz, equilibrado y pleno.

Entre obstáculos y dificultades de todo tipo, nos llena de optimismo ver cómo va emergiendo sutilmente algo que en ocasiones pareciera perdido pero que poco a poco podemos ir recuperando desde-con-mediante nuestra convicción y acciones: que la Tierra es más que un simple cúmulo de materia puesta para nuestro servicio y explotación; es un organismo vivo que se autoafirma y auto-organiza en equilibrio dinámico; un organismo del que las personas, comunidades y sociedades humanas formamos parte integral como estrato de un sistema multinivelado, de manera similar a como cada célula, tejido y órgano constituyen en sus vínculos, procesos e interrelaciones una dimensión fundamental de nuestro cuerpo. En ello radica la esencia de nuestra vitalidad como seres y comunidades conscientes, aprendientes y afectivos.

(Por: Manuel Morales Alpízar)

(1) Assmann, Hugo: Placer y Ternura en la Educación. Hacia una Sociedad Aprendiente. Madrid, Narcea S.A. de Ediciones, 2002. Madrid, p.28.

(2) Ibid., p. 31.

(3) En la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Costa Rica.

(4) Beluche V. Giovanni. 2014. En: Artículo del Boletín Electrónico de la División de Educación Rural. Universidad Nacional de Costa Rica (www.redrural.una.ac.cr). San José, Costa Rica.

(5) Tomado de: Universidad de La Salle. Doctorado en Educación. Referencia pendiente.

(6) Najmanovich, Denise. 2008. “Mirar con Nuevos Ojos: Nuevos Paradigmas en la Ciencia y Pensamiento Complejo”. Biblios, 1era. Ed: Buenos Aires.

(7) Para algunos de los párrafos siguientes nos apoyamos conceptualmente en textos de:

Capra, Fritjof. 1990. “Sabiduría Insólita. Conversaciones con Personajes Notables”. Ed. Kairós: Barcelona.

Capra, Fritjof. 1998. “La Trama de la Vida. Una Perspectiva de los Sistemas Vivos”. Ed. Anagrama: Barcelona.

Capra, Fritjof. 2002. “Las Conexiones Ocultas. Implicaciones Sociales, Medioambientales, Económicas y Biológicas de una Nueva Visión del Mundo”. Ed. Anagrama: Barcelona.