ES. EN.

Acerca del compromiso
de la palabra.

Por Daniela Calderón Monge
01/11/15

SEMILLAS Arquitectura en Comunidad

La experiencia a través de estos años dentro del Colectivo Semillas ha sido vasta. Cada nuevo objetivo que nos trazamos viene acompañado de un sinnúmero de experiencias que van desde trámites burocráticos y aburridos para sacar proyectos adelante o para hacer un viaje de intercambio, hasta el reconfortante sentimiento de la sonrisa de un niño o niña que dice: ¡gracias!

En esta ocasión quiero enfocarme en exponer el tema del compromiso.

Dentro de todos los aprendizajes, el compromiso ha sido uno de los más rebeldes, pero a la vez del que más he aprendido.

Antes de mi experiencia de vida con Semillas, el compromiso era para mí un acuerdo… Sólo eso, un acuerdo entre dos o más partes. Sin embargo, con el tiempo he aprendido que el compromiso es algo mucho más profundo; se trata no sólo de un acuerdo, sino de un lazo hecho de un hilo finísimo que une a dos o más partes, y que es muy frágil y fácil de romper.

Semillas ha logrado establecer vínculos de trabajo con distintas entidades –públicas, privadas, académicas, civiles- que en algún momento del proceso se han “comprometido” a apoyar nuestros proyectos y filosofía de trabajo, quizás porque nos ven jóvenes y leen cierta ingenuidad en nuestros rostros, o quizás porque nos ven como almas viejas con una seguridad arrolladora, impulsando iniciativas que valen la pena… Por una u otra razón, lo han hecho, y lo cierto es que esos compromisos, hasta el momento, los hemos llevado a cabo dentro de un ambiente de confianza, de acuerdos hablados, sin formalidades de por medio. Y esto, a mi juicio, es parte de lo que nos ha hecho efectivos a la hora de perseguir y alcanzar metas comunes.

Conforme aumentan nuestros objetivos, van aumentando también los compromisos y, con ello, los acuerdos que buscamos establecer. Y a veces me entristece reconocer que, al crecer los compromisos asumidos pareciera disminuir a veces el peso de la palabra. Se vuelven cada vez más necesarios los papeles, los acuerdos por escrito. Y yo me pregunto por qué razón; ¿acaso somos autómatas cuya voluntad está sujeta a seguir reglas, a creer que los papeles son más dignos de respeto que la palabra empeñada y las personas mismas? ¿No debería ser al revés?

Creo que es válido recordar que, aparte del acuerdo “formal” que se acompaña de papeles y contratos, existe el compromiso de la mirada, de los gestos, las sonrisas, del abrazo. Todos y todas compartimos esa condición humana, ¿por qué, entonces, pareciéramos a veces renegar de ella?

Hace algunos meses comenzamos un proceso de trabajo en la comunidad de Guápiles, con estudiantes jóvenes del Colegio Técnico Profesional de Pococí. Recuerdo, como si hubiese sido ayer, los rostros del primer día: miradas de sorpresa, gestos de recelo, cierta impaciencia y ansiedad ante ideas y personas desconocidas. Poco a poco fuimos borrando ese muro ficticio que nos dividía y empezamos a trabajar a partir de la motivación, de compartir y validar ideas, de escucharnos y de dialogar en forma creativa.

Ayudamos a que se escuchara la voz de cientos de estudiantes que todos los días pasan más de 8 horas en un espacio que no los abraza, que les limita sus posibilidades de decir, hacer, soñar, y que a veces, por lo contrario, pareciera invitarles a huir. Mientras compartimos con ellos/as, jugamos a invertir roles con los/as profesores/as; esos entes de autoridad que a veces, por su formación o por el paso de los años, se olvidan de que más que una figura de autoridad pueden ser amigos, confidentes y cómplices para motivar a tantos/as jóvenes a creer en sí mismos/as y hacer cosas extraordinarias. Con pequeños ejercicios como ese, se han facilitado espacios de autorreflexión que han motivado compromisos y acuerdos para hacer mejor las cosas. Compromisos y acuerdos que, con el tiempo, se han transformado en una profunda amistad y alianza. La gratitud que han demostrado algunos/as de esos/as jóvenes, la admiración y el respeto que nos profesan con frecuencia, es un testimonio conmovedor que nos motiva a redoblar esfuerzos para continuar este camino y ayudar a hacer de este sueño compartido una realidad.

Este tipo de reflexiones probablemente no haga que podamos evitar el trámite de firmar acuerdos y papeles. Pero me encantaría que pudiera, al menos, recordarnos el verdadero valor de la actitud y dejar sembrada una semillita de voluntad para seguir asumiendo nuestros compromisos de la mejor forma posible… Con nuestros/as amigos/as, vecinos/as, conocidos/as y desconocidos/as; con las personas y con la ciudad, con el planeta y con el universo. ¡Que el compromiso y el respeto no necesiten un papel, sino que baste una mirada!

*Daniela es estudiante egresada de arquitectura en la Universidad de Costa Rica. Es cofundadora del Colectivo, coordina actualmente la Comisión de Comunicación y el Proyecto “Zona F5” en el Colegio Técnico Profesional de Pococí (CTPP).